viernes, 3 de mayo de 2013

Reseña de La vida de Pi

Título: La vida de Pi.
Título original: Life of Pi.
Rating MPAA: PG.
Año: 2012.
Director: Ang Lee.
Guionista: David Magee, Yann Martel (novela). 
Protagonistas: Suraj Sharma, Irrfan Khan, Ayush Tandon, Adil Hussain y Rafe Spall.


La trama

Pi (Ayush Tandon) es el hijo de los dueños de un zoológico en India, una modesta familia, y desde pequeño se destaca por su curiosidad y audacia, su búsqueda por comprender el significado de la vida. Es así que, entre el apoyo de su madre espiritual y la resistencia de su padre razonable, Pi comienza a practicar todas las religiones que se le aparecen en el camino.

Cuando Pi transita el fin de la adolescencia y el paso a la adultez (Suraj Sharma), la familia, endeudada, decide mudarse a Canadá. Entonces se embarcan en un largo viaje, con pocas valijas y muchos animales que podrán vender en Norteamérica. Pi, de novio y feliz en India, resiste a la idea, aunque al desatarse una fuerte tormenta sale a cubierta para disfrutar el peligro con su típica audacia.

Pero la tormenta se convierte en un trágico y dudoso accidente, y el barco se hunde. Pi amanece en un bote salvavidas a la deriva, en el Océano Pacífico, con la compañía menos pensada: una cebra, un orangután, una hiena y un salvaje tigre de bengala, todos luchando por sobrevivir. ¿Hasta qué punto lo ayudará su coraje y su constante busca de espiritualidad?

Las dicotomías

Que Pi sobrevive lo sabemos desde un comienzo. La película comienza en Canadá, con un almuerzo entre un Pi adulto (Irrfan Khan) y un novelista (Rafe Spall) que escuchará la historia para convertirla en novela. Basada en un libro del escritor canadiense Yann Martel —que a su vez se inspiró en Max y los gatos, del brasileño Moacyr Scliar—, La vida de Pi juega, más allá de la dicotomía religión/ciencia, con la realidad versus el imaginario.

El manejo de ambas es fantástico ya que tanto la adaptación como la novela original logran que las dos vayan de la mano, y que el círculo cierre al mismo tiempo. Así como la ciencia explica desde el razonamiento y la religión desde el sentimiento —dependiendo siempre de la filosofía propia de vida—, lo mismo sucede con los hechos de esta historia que vive y cuenta Pi: ¿cuánto creerle a él?, ¿cuánto creer en Dios, y cuánto, de la ciencia concreta, es sin embargo inexplicable?

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